miércoles, 30 de julio de 2008

En el metro...

En el metro nadie lee poesía, ni mucho menos teatro o ensayo. La gente opta por la novela, pero sobre todo por la prensa gratuita que reparten en la misma boca del suburbano. Sin embargo, en el metro los lectores no dejan de ser una minoría, una minoría a la que admiro con todo mi ser porque leer en esas condiciones me parece bastante incómodo. Personalmente, me cuesta una barbaridad concentrarme en una pequeña porción del universo habiendo tanto caos alrededor y, si finalmente logro concentrarme, lo hago con tanta fuerza que corro el peligro de equivocarme de estación. Y eso me aterroriza.



No. En el metro yo no leo, ni siquiera escucho música ni me detengo a pensar en los asuntos del día. Tampoco se me pasa por la cabeza empezar a discurrir sobre los grandes temas que preocupan a la Humanidad. Lo confieso: en el metro me dedico a observar a mis compañeros de vagón, a estudiarlos. Es más, si estoy inspirado, me atrevo a convertirlos en personajes de una historia, la cual forzosamente queda inacabada porque en algún momento debo bajar del vagón. En el fondo, casi nunca me da tiempo a comenzar una historia, pues siempre me entretengo con las descripciones. En cualquier caso, siempre digo que en un vagón de metro uno puede encontrar la mejor literatura.


¿Y qué es lo que suelo ver en los vagones? Aparte de gente leyendo y escuchando música, lo que veo son zapatos. En efecto, sólo cuando estoy sentado en un vagón de metro, me paro a observar cómo la gente va calzada , como si estuviera ojeando un amplísimo catálogo de moda. Fuera del metro, en otras circunstancias, cómo viste la gente sus pies me es absolutamente indiferente.

Si me da por fijarme en los rostros, en la mayoría de los casos sólo veo cabezas gachas y miradas sombrías... en definitiva, tristeza. Como a menudo se dice, la tristeza es síntoma de actividad mental, de pensamiento. ¿Por qué la gente parece tan apesadumbrada cuando piensa? Cuando en mi cabeza le doy vueltas a cualquier cosa, muchas veces no puedo reprimir una sonrisa obscena. Entonces temo que la gente me vea como un idiota que sonríe, así sin más, estando solo. ¡Ahí está la clave! Es en sociedad cuando nos mostramos más alegres. Por contra, encontrarnos a solas con nuestros pensamientos generalmente nos hace desdichados. Bienaventurados son, por tanto, los vagones de metro cuando en su seno dos o más personas sostienen una conversación. Mucho mayor es la bienaventuranza cuantas más conversaciones se cruzan y se solapan, y es infinitamente mayor cuanto más jóvenes son sus interlocutores. Seguro que os habéis fijado en que los adultos hablan más bajo, como si tuvieran algo que ocultar. En el extremo opuesto, se hallan los adolescentes, desinhibidos y orgullosos, que quieren hacerse oír hasta el punto de resultar odiosos para los adultos (realmente lo que pasa es que despiertan sus envidias). Por no hablar de los niños, que, de no estar coaccionados por la voluntad progenitora, no harían más que chillar y corretear por todo el vagón.


El silencio en el metro no sólo es quebrado por las conversaciones de los viajantes, sino también por los desvaríos de borrachos y artistas ambulantes, mal llamados mendigos. Las actuaciones de estos últimos pueden caer en el ridículo, pero alguna vez logran rozar lo sublime. En los vagones de metro puedes asistir a todo tipo de fenómenos: voces monstruosamente desafinadas cantando canciones folclóricas, intérpretes poco o nada virtuosos de instrumentos que están más cerca de acabar en un vertedero que en el conservatorio, payasos que se ponen a dar volteretas dentro de los vagones... Recuerdo a una chica de unos veintitantos años que irrumpió en la paz mortecina de un vagón en silencio. Con uno de sus brazos rodeaba la cintura de un maniquí sin cara, que me recordaba a los cuadros de Giorgio de Chirico (agrego una foto para que os hagáis una idea). Nos dijo que iba a representar una pieza del teatro del absurdo. Acto seguido, se puso a hablar con el maniquí con un exceso de pasión en su voz y en las facciones de su cara, supongo que para compensar la inexpresividad del muñeco, ante la mirada atónita de un público que no había elegido serlo. Después, ella se puso a bailar lo que parecía un vals (algo movido, la verdad) con el muñeco, que seguía sin vida. Inútiles eran los esfuerzos de la actriz por animar lo inerte. De repente, la chica cesó su actuación y recorrió el vagón en busca de las monedas de los viajantes. Finalmente, se bajó en la siguiente estación con su inseparable acompañante.


Uno se queda con una sensación extraña en el cuerpo cuando piensa que no volverá a saber de personas tan singulares y tan atractivas a la vez. En el metro, todo el mundo, sea un viajante corriente, sea un artista ambulante mal llamado mendigo, tiene su estación. Es una condición que iguala a los usuarios del suburbano, que provoca una situación anómala: los personajes se rebelan con éxito contra su autor, que queda sumido en el desconsuelo.

martes, 8 de julio de 2008

Presentación

¡Saludos, lectores!

Viviendo a pie de página nace con muchas aspiraciones: la ambición es un vicio con el que inevitablemente topamos al iniciar cualquier empresa. Este blog pretende ser, en primer lugar, un lugar para la expresión de un pensamiento, de una forma de ver las cosas, de la que ahora no se puede decir mucho, pues está desordenada y dispersa. Confiemos en que el caos se convierta en orden (la ilusión desmedida es otro vicio que se une a la ambición del principiante). Por otro lado, el blog es también instrumento para la expresión de un estilo literario que también está por hacerse y ello exige adquirir un compromiso de cuidar la forma al máximo en las entradas. Viviendo a pie de página es, además, un revelarse, un darse a conocer, aunque sea en el seno de ese gigante que es la red. Nuestro ser en el mundo, a estas alturas, es prácticamente impensable sin ser en Internet.
Viviendo a pie de página... ¿Las razones que motivaron la adopción de este título? Es sencillo. Ante un libro, hay dos clases de personas: los que no leen más que lo imprescindible y los que se detienen a leer todo, absolutamente todas esas notas a pie de página (amén de los prólogos, las introducciones, las notas del traductor y, a un nivel ya exagerado, hasta las tediosas listas bibliográficas). Ante lo que es la vida, pasa más o menos lo mismo. Paciencia. Ya veréis pronto a lo que me refiero.