sábado, 27 de diciembre de 2008
domingo, 23 de noviembre de 2008
En busca de una moral propia: el séptimo mandamiento

Una invitación a una melancolía sana, no obsesiva: porque los buenos ratos con los amigos, además de ser vividos, merecen ser recordados. Es un reposo, un alto en el camino, una legítima resaca, que nos podemos permitir antes de seguir avanzando...
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martes, 21 de octubre de 2008
En busca de una moral propia: el sexto mandamiento

Este soneto encierra un mandato estético, pero también moral, dirigido especialmente a quienes dicen captar la belleza de la realidad, mientras apartan la vista o el olfato de los residuos que ésta acoge en su seno. En nuestro mundo vulgaridad y refinamiento van unidos de la mano, condenados a entenderse...
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jueves, 2 de octubre de 2008
Escrito inconscientemente en futuro, ¿quizá porque aún no hay nada que sentir?

Mi visión de la lírica (prefiero "lírica" a "poesía") intenta ir más allá de todo tipo de sentimiento y, en especial, del amor. Me decanto por una visión más formal, más estética. El cómo se dice es más importante que lo que se dice. Ello no implica marginar los sentimientos, pues, al fin y al cabo, la poesía es un producto humano y está volcada en todo lo humano. La lírica no puede desentenderse del amor ni del odio (eso de la poesía pura es un imposible), pero el amor y el odio sufren un cambio profundo en su naturaleza cuando se convierten en tema de un poema. Cuando se plasma un sentimiento o una emoción en un verso, estos se convierten en una figura retórica más, se incorporan a la Forma, son excusas que motivan la Forma. Prueba de ello es que este amor que me lleva a escribir unos versos se transforma en cualquier amor (lo mismo se puede decir de la rabia, de la desesperación, de la melancolía, etc.). Así, gracias a la "formalización" del sentimiento, el lector puede identificarse con el autor, puede coger el poema del autor y recitárselo a terceras personas para expresar sus propias emociones. En definitiva, el lector puede usurpar el sentimiento del autor (sin menoscabo de la propiedad intelectual...). De esta manera, la lírica, con la formalización de los sentimientos, permiten su comunicación, que es de lo que se trata cuando usamos el lenguaje.
En cualquier caso, conviene recordar que los sentimientos son la chispa que permite el surgimiento de la experiencia de la lírica. Seamos honrados: todos los poetas empezaron a escribir por amor (en la mayoría de los casos por un amor platónico). El amor a la Forma viene después, cuando se olvidan los pesares del otro amor.
martes, 30 de septiembre de 2008
En busca de una moral propia: el quinto mandamiento

El quinto mandamiento de esta moral que intento construir tiene que ver con el lenguaje. Las palabras han sido creadas por y para humanos, por lo que debemos tratarlas sin ningún tipo de temor; es más, tenemos que observarlas con nuestro más sincero desprecio. No nos creamos incapaces de descifrarlas. Es una cuestión de voluntad. Se trata, como en muchas otras cosas, de vencer a la pereza. Cuando tengamos que enfrentarnos a cualquier texto, sea escrito u oral, sea un poema, sea un discurso, sea el guión de una película, sea la letra de una canción o el artículo de un periódico, hay que proceder, con toda la calma del mundo, a desmenuzar las palabras, a encontrar su significado más profundo y radical. Sólo de esta forma, estaremos en condiciones de empezar a comprender...
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martes, 16 de septiembre de 2008
Soneto amargo
miércoles, 10 de septiembre de 2008
lunes, 1 de septiembre de 2008
miércoles, 20 de agosto de 2008
jueves, 14 de agosto de 2008
En busca de una moral propia: el segundo mandamiento
Si el primer poema nos ofrecía como pauta de conducta el esforzarse por encontrar el universo que acompaña a cada persona, este segundo nos habla de los (no tan) héroes...
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jueves, 7 de agosto de 2008
En busca de una moral propia: el primer mandamiento

En los últimos tiempos siempre me reprocho a mí mismo que no tengo bien claras mis propias normas morales. En un intento de demostrar lo contrario, me he propuesto escribir una serie de poemas que encierren diez mandamientos morales distintos que puedan servirme (¿y por qué no también serviros?) en el día a día. Quiero dejar bien claro que esta referencia bíblica no se presta a ninguna forma de apostasía, blasfemia, herejía o mesianismo.
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martes, 5 de agosto de 2008
El lamento de una guitarra
Invoca de nuevo al diablo,
pulsando sus cuerdas,
una pequeña guitarra de colores cálidos
y muy logradas formas.
Su melodía, un beso al silencio,
es demasiado suave y sigilosa
como para servir a esos satánicos fines.
O quizás sea la más adecuada,
pues su vibrar en la noche
recuerda las caricias tentadoras
que una serpiente brinda a la tierra parda.
La guitarra, alma joven,
me confiesa en su melodía
haberse mojado entera en el río
una sola vez,
pero sin dejarse arrastrar por la corriente.
La guitarra, esposa del demonio,
rabiosa y ebria,
me dice al oído
que añora, junto al suyo,
el llanto de un bandoneón.
pulsando sus cuerdas,
una pequeña guitarra de colores cálidos
y muy logradas formas.
Su melodía, un beso al silencio,
es demasiado suave y sigilosa
como para servir a esos satánicos fines.
O quizás sea la más adecuada,
pues su vibrar en la noche
recuerda las caricias tentadoras
que una serpiente brinda a la tierra parda.
La guitarra, alma joven,
me confiesa en su melodía
haberse mojado entera en el río
una sola vez,
pero sin dejarse arrastrar por la corriente.
La guitarra, esposa del demonio,
rabiosa y ebria,
me dice al oído
que añora, junto al suyo,
el llanto de un bandoneón.
Bandoneón (según el diccionario de la RAE): variedad de acordeón, de forma hexagonal y escala cromática, muy popular en Argentina.
miércoles, 30 de julio de 2008
En el metro...
En el metro nadie lee poesía, ni mucho menos teatro o ensayo. La gente opta por la novela, pero sobre todo por la prensa gratuita que reparten en la misma boca del suburbano. Si
n embargo, en el metro los lectores no dejan de ser una minoría, una minoría a la que admiro con todo mi ser porque leer en esas condiciones me parece bastante incómodo. Personalmente, me cuesta una barbaridad concentrarme en una pequeña porción del universo habiendo tanto caos alrededor y, si finalmente logro concentrarme, lo hago con tanta fuerza que corro el peligro de equivocarme de estación. Y eso me aterroriza.
No. En el metro yo no leo, ni siquiera escucho música ni me detengo a pensar en los asuntos del día. Tampoco se me pasa por la cabeza empezar a discurrir sobre los grandes temas que preocupan a la Humanidad. Lo confieso: en el metro me dedico a observar a mis compañeros de vagón, a estudiarlos. Es más, si estoy inspirado, me atrevo a convertirlos en personajes de una historia, la cual forzosamente queda inacabada porque en algún momento debo bajar del vagón. En el fondo, casi nunca me da tiempo a comenzar una historia, pues siempre me entretengo con las descripciones. En cualquier caso, siempre digo que en un vagón de metro uno puede encontrar la mejor literatura.
¿Y qué es lo que suelo ver en los vagones? Aparte de gente leyendo y escuchando música, lo que veo son zapatos. En efecto, sólo cuando estoy sentado en un vagón de metro, me paro a observar cómo la gente va calzada , como si estuviera ojeando un amplísimo catálogo de moda. Fuera del metro, en otras circunstancias, cómo viste la gente sus pies me es absolutamente indiferente.
Si me da por fijarme en los rostros, en la mayoría de los casos sólo veo cabezas gachas y miradas sombrías... en definitiva, tristeza. Como a menudo se dice, la tristeza es síntoma de actividad mental, de pensamiento. ¿Por qué la gente parece tan apesadumbrada cuando piensa? Cuando en mi cabeza le doy vueltas a cualquier cosa, muchas veces no puedo reprimir una sonrisa obscena. Entonces temo que la gente me vea como un idiota que sonríe, así sin más, estando solo. ¡Ahí está la clave! Es en sociedad cuando nos mostramos más alegres. Por contra, encontrarnos a solas con nuestros pensamientos generalmente nos hace desdichados. Bienaventurados son, por tanto, los vagones de metro cuando en su seno dos o más personas sostienen una conversación. Mucho mayor es la bienaventuranza cuantas más conversaciones se cruzan y se solapan, y es infinitamente mayor cuanto más jóvenes son sus interlocutores. Seguro que os habéis fijado en que los adultos hablan más bajo, como si tuvieran algo que ocultar. En el extremo opuesto, se hallan los adolescentes, desinhibidos y orgullosos, que quieren hacerse oír hasta el punto de resultar odiosos para los adultos (realmente lo que pasa es que despiertan sus envidias). Por no hablar de los niños, que, de no estar coaccionados por la voluntad progenitora, no harían más que chillar y corretear por todo el vagón.
El silencio en el metro no sólo es quebrado por las conversaciones de los viajantes, sino también por los desvaríos de borrachos y artistas ambulantes, mal llamados mendigos. Las actuaciones de estos últimos pueden caer en el ridículo, pero alguna vez logran rozar lo sublime. En los vagones de metro puedes asistir a todo tipo de fenómenos: voces monstruosamente desafinadas cantando canc
iones folclóricas, intérpretes poco o nada virtuosos de instrumentos que están más cerca de acabar en un vertedero que en el conservatorio, payasos que se ponen a dar volteretas dentro de los vagones... Recuerdo a una chica de unos veintitantos años que irrumpió en la paz mortecina de un vagón en silencio. Con uno de sus brazos rodeaba la cintura de un maniquí sin cara, que me recordaba a los cuadros de Giorgio de Chirico (agrego una foto para que os hagáis una idea). Nos dijo que iba a representar una pieza del teatro del absurdo. Acto seguido, se puso a hablar con el maniquí con un exceso de pasión en su voz y en las facciones de su cara, supongo que para compensar la inexpresividad del muñeco, ante la mirada atónita de un público que no había elegido serlo. Después, ella se puso a bailar lo que parecía un vals (algo movido, la verdad) con el muñeco, que seguía sin vida. Inútiles eran los esfuerzos de la actriz por animar lo inerte. De repente, la chica cesó su actuación y recorrió el vagón en busca de las monedas de los viajantes. Finalmente, se bajó en la siguiente estación con su inseparable acompañante.
iones folclóricas, intérpretes poco o nada virtuosos de instrumentos que están más cerca de acabar en un vertedero que en el conservatorio, payasos que se ponen a dar volteretas dentro de los vagones... Recuerdo a una chica de unos veintitantos años que irrumpió en la paz mortecina de un vagón en silencio. Con uno de sus brazos rodeaba la cintura de un maniquí sin cara, que me recordaba a los cuadros de Giorgio de Chirico (agrego una foto para que os hagáis una idea). Nos dijo que iba a representar una pieza del teatro del absurdo. Acto seguido, se puso a hablar con el maniquí con un exceso de pasión en su voz y en las facciones de su cara, supongo que para compensar la inexpresividad del muñeco, ante la mirada atónita de un público que no había elegido serlo. Después, ella se puso a bailar lo que parecía un vals (algo movido, la verdad) con el muñeco, que seguía sin vida. Inútiles eran los esfuerzos de la actriz por animar lo inerte. De repente, la chica cesó su actuación y recorrió el vagón en busca de las monedas de los viajantes. Finalmente, se bajó en la siguiente estación con su inseparable acompañante.Uno se queda con una sensación extraña en el cuerpo cuando piensa que no volverá a saber de personas tan singulares y tan atractivas a la vez. En el metro, todo el mundo, sea un viajante corriente, sea un artista ambulante mal llamado mendigo, tiene su estación. Es una condición que iguala a los usuarios del suburbano, que provoca una situación anómala: los personajes se rebelan con éxito contra su autor, que queda sumido en el desconsuelo.
martes, 8 de julio de 2008
Presentación
¡Saludos, lectores!
Viviendo a pie de página nace con muchas aspiraciones: la ambición es un vicio con el que inevitablemente topamos al iniciar cualquier empresa. Este blog pretende ser, en primer lugar, un lugar para la expresión de un pensamiento, de una forma de ver las cosas, de la que ahora no se puede decir mucho, pues está desordenada y dispersa. Confiemos en que el caos se convierta en orden (la ilusión desmedida es otro vicio que se une a la ambición del principiante). Por otro lado, el blog es también instrumento para la expresión de un estilo literario que también está por hacerse y ello exige adquirir un compromiso de cuidar la forma al máximo en las entradas. Viviendo a pie de página es, además, un revelarse, un darse a conocer, aunque sea en el seno de ese gigante que es la red. Nuestro ser en el mundo, a estas alturas, es prácticamente impensable sin ser en Internet.
Viviendo a pie de página... ¿Las razones que motivaron la adopción de este título? Es sencillo. Ante un libro, hay dos clases de personas: los que no leen más que lo imprescindible y los que se detienen a leer todo, absolutamente todas esas notas a pie de página (amén de los prólogos, las introducciones, las notas del traductor y, a un nivel ya exagerado, hasta las tediosas listas bibliográficas). Ante lo que es la vida, pasa más o menos lo mismo. Paciencia. Ya veréis pronto a lo que me refiero.
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